Difícil

Ha pasado mucho, muchísimo tiempo desde la última vez que me senté un rato a escribir aquí. La última entrada era acerca de mi trastorno bipolar. He pasado quince minutos leyendo mis antiguas publicaciones, y tengo la impresión de estar leyendo a otra persona. No me reconozco, ya no tengo esos pensamientos, ya no tengo ese vocabulario, ya prácticamente he perdido todo lo que era.

Quizás no ha pasado tanto tiempo como yo lo siento, quizás a mí se me está haciendo demasiado largo. Actualmente estoy viviendo en el Reino Unido, tras una huida hacia adelante del negro provenir que tenía en España. Trabajo en un almacén, un trabajo tranquilo, que me permite comprarme algún capricho y ahorrar algo de dinero para devolver lo que tomé prestado. O al menos tratar de ahorrarlo. Tengo que lidiar con la nostalgia y el hecho de no poder volver a España al menos durante un tiempo, de sentirme exiliado. La verdad es que me cuesta mucho más escribir ahora. Vivo rodeado de inglés, y aún así soy incapaz de aprenderlo realmente. En el día a día, expresar mis inquietudes se hizo tan complicado que finalmente he dejado de tenerlas. Como le digo a una amiga: I miss my words.

Mi enfermedad me está azotando, si cabe, todavía más fuerte. El hecho de que no avance con el idioma es una consecuencia directa de que tengo grandes dificultades para socializar con nadie. La gente a mi alrededor me molesta, es más, me intimida. A veces, en momentos de manía hago mil y un proyectos. En esos momentos también gasto más dinero del que debiera en estúpidos placebos para calmar esa ansiedad que siento en el pecho, hasta encontrarme en situaciones financieras completamente absurdas. Cuando la manía da paso a la depresión, esos proyectos se me hacen abrumadores e imposibles, y me toca lidiar con todas las estúpidas decisiones que cometí durante el estado anterior. Mi cabeza no para de pensar que no estoy aprovechando mi tiempo, que no estoy haciendo nada de mi vida. Trabajo ocho horas diarias empaquetando ropa para enviar a diferentes partes del mundo, y son ocho horas diarias en que mi cabeza me tortura con lo que podría estar haciendo, con lo que debería hacer si tuviese tiempo libre. Cuando llego a casa no encuentro voluntad para llevar nada a cabo, y las ideas ya no están, pero el sentimiento de fracaso permanece.

Estoy buscando ayuda en los servicios de salud locales y en una asociación de apoyo a personas con problemas mentales. Intentar afrontar mis problemas de otro modo y mantener la esperanza. Pero a veces resulta jodidamente difícil.

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Bipolar

Tengo veintiséis años y me acaban de diagnosticar trastorno bipolar.

Muchos encuentros con esta enfermedad se habrán relatado hasta el momento, pero yo también quiero escribir el mío. Lo primero que uno piensa cuando le dicen “tienes trastorno afectivo bipolar” es “vaya, ¿y desde cuando?”. Y es entonces cuando te empiezas a remontar años atrás, a recordar viejos episodios que en este contexto adquieren un significado completamente nuevo. Y aquella crisis con veinte años en que me vi obligado a acudir a urgencias por un ataque de ansiedad, ¿serían ya por entonces síntomas de mi enfermedad?, incluso cuando con dieciocho años me vi superado por la presión de realizar mis estudios de conservatorio al mismo tiempo que preparaba el acceso a la universidad, y decidí dejar los primeros, aquello también podría deberse a la enfermedad.

En mi primer encuentro con mi actual psicóloga, recuerdo que me dijo que tenía altísimas sospechas de que yo era un altas capacidades, y que debido a la falta de estímulos, de cubrir esas necesidades e inquietudes naturales del que puede y quiere saber más, podría haber desarrollado algún desorden psicológico. Todavía no estaba claro en aquel entonces de que desorden estábamos hablando.

Más adelante, intentando acotar el diagnóstico, tras seguir un control de estados de ánimo, horarios de sueño, y diferentes costumbres, un día me explicó que yo no solamente estaba mal cuando me sentía deprimido. Me dijo que sentirme deprimido eran parte de los síntomas, pero que sentirme inusualmente bien, más alegre y activo también eran síntomas. Es más, la aseveración fue rotunda: cuando estoy deprimido no soy yo y debo ser capaz de identificar esos momentos, y cuando estoy en episodio maníaco, más activo de lo usual, tampoco soy yo y también debo ser capaz de identificarlos. Entonces la pregunta era clara, ¿cuándo soy yo?, es más, ¿cuándo fue la última vez que fui yo?.

Es decir, todos tenemos variaciones del estado de ánimo, pero expresados en una gráfica los míos oscilaban más bruscamente y se salían del registro usual, y podían oscilar de una semana a otra, como en cuestión de meses, como de días. Así que de eso se iba a tratar de ahora en adelante: saber cuando soy yo. Buscar continuamente el equilibrio emocional e intentar identificar indicios a modo de alarma para decir “para, para aquí, estás fuera de rango”. Y “de ahora en adelante” significaba para toda la vida.

A decir verdad, más allá de lo que pueda parecer, cuando llevas tres años sumido en una grave depresión, que alguien te diga qué es lo que realmente está sucediendo contigo es esperanzador. Esperanzador porque lo que menos te importa en ese momento es el esfuerzo que puede llevar aparejado arreglar todo ese desaguisado que es tu vida, lo que importa es que, por fin, después de varios especialistas y mucho tiempo, alguien le ha puesto nombre y sabes a qué te estás enfrentando.

Lo siguiente que te planteas es a quien contárselo. Tu familia más directa lo sabe, porque las ha pasado canutas con tus cambios de humor, y son ellos los que estan sufragando los gastos que suponen esta enfermedad, empezando por especialistas privados. Porque esa es otra, olvídate de que esto se te diagnostique en la sanidad pública, con una cita de quince minutos cada tres meses. Antes terminas saltando de la azotea del edificio.

De repente estás en una situación en la que no sabes si seguir actuando como siempre y ocultar tu condición, o si por el contrario deberías ir advirtiendo a la gente que se te acerca de que eres bipolar.

Yo he decidido tratar el tema con la mayor naturalidad posible. Es bastante con lo que es como para que encima te estigmatice. No, gracias. Así que he decidido contarlo aquí, donde escribo todo aquello que me apetece o me inquieta. He decidido hacerlo público porque no quiero colaborar tampoco con esa opacidad y ese cúmulo de prejuicios que llevan consigo las enfermedades psicológicas, ya que sería una carga demasiado injusta.

Y hasta aquí he decidido escribir, no quiero tampoco convertir este blog en un monográfico sobre el trastorno bipolar. Además, todavía no estoy del todo seguro de si esta entrada la he escrito o no siendo yo.

Por último, estaré dispuesto a ayudar en la medida de lo posible a aquellos que tras leer esto le surjan dudas, cuestiones, o crean que pueden padecer o conocen a alguien que pueda padecer esta enfermedad.

A vuestra entera disposición hasta que cambie de idea.

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Universidad

La gran estafa española. Eso es la Universidad. Nos han vendido un futuro que  no tenemos, nos han vendido oportunidades inexistentes, y lo peor, se lo han vendido a nuestros padres que ahora no entienden, y nos miran con escepticismo, a los que como yo decimos: ¡que le jodan a la Universidad!.

Y no me entiendan mal. Pues amante soy del aprendizaje, y deseoso de tener una verdadera Universidad donde realmente se rinda culto al saber y se premie a los más capaces. Pero no nos vamos a engañar, eso ya es pasado. Y estoy por decir, en un arrebato de pesimismo, que ya no será así ni en el mejor de los futuros que podamos conseguir.

La actual Universidad es una jaula de grillos, donde adolescentes recién salidos del bachillerato, y que en la inmensa mayoría de los casos siguen viviendo con sus padres (es uno de los principales problemas de tener una universidad a la puerta de cada casa), la única diferencia notable que observan entre una institución y la otra es el edificio. Les pasan lista, les llaman la atención por su comportamiento, les mandan deberes… No proyectos, deberes. En definitiva: les tratan como críos, y como críos se comportan pues otra no les queda.

En mis inicios, en la UDC puedo decir que en cierto modo el alumnado tenía que buscarse la vida, era un alumnado por tanto más adulto, más independiente, lo cual servía de excusa entre el profesorado para actuar como perfectos chupacuartos de lo público. El buen profesor era aquel que decidía hacer acto de presencia en sus horas lectivas, el excelente el que se presentaba en las tutorías. No había más. Y de estos últimos, escaso era el número. Muy escaso.

Mi segunda experiencia fue la UNIPA, italiana en esta ocasión, como erasmus. Nada que decir en contra del programa Erasmus, uno de los elementos de cohesión europeo que mejor ha funcionado durante años y que a gente como yo nos ha curado, incluso, el nacionalismo. Pero como todo, hasta lo bueno de por sí, hay que hacerlo bien. Puedo decir a ciencia cierta que uno podía volver de su Erasmus con diez asignaturas aprobadas sin haberse presentado a un solo examen si era español e iba a Italia. La picaresca española. Esto nos lleva a la introducción: ¡que le jodan a la Universidad!.

Desilusionado ya de mis años como estudiante en Aparejadores, y sin terminarla, decido irme a la UCM a estudiar Derecho. Empezar de cero. Con veintitrés años y todavía creyendo en los cuentos de hadas. Pero bueno, hasta ahí llegué. Cierto es que la calidad de algunos profesores (pues de la UCM hablamos) era excepcional, pero se contaban estos profesores, durante mis dos cursos de estancia, con los dedos de una mano. El resto, no es que no fuesen excepcionales, es que eran unos auténticos supervivientes. Los más jóvenes no tenían mas remedio que pasar por el aro de Bologna, los menos se libraban de la muchedumbre que inundaba su aula a base de amenazas intelectuales hasta que la misma se reducía a quince personas. Entonces decían: ¡bueno, ahora que estamos los que de verdad tenemos que estar, empecemos con lo importante!. No les culpo, sobre todo a estos últimos.

Ya hastiado y sin un duro en el bolsillo de tanta aventura universitaria decido continuar mis estudios desde casa a través de la UNED. Hasta ahora no he tenido queja. Pero ocurre lo siguiente, y es que con el actual mercado laboral, con tantos y tan sobrecualificados graduados, hemos descubierto de verdad de qué trataba la Universidad. De que cuatro mangantes se llenasen los bolsillos a cuenta de los demás. De lo que trata casi todo en España.

Pues en esta situación nos encontramos. Y es que cuando nosotros, o algunos de nosotros ya nos hemos percatado de lo ocurrido, todavía tenemos que lidiar con explicar esta magnífica estafa a nuestros padres, explicarles por qué ya no creemos en títulos académicos, explicarles que la valía y el conocimiento los demuestra uno día a día, y no en obsoletas instituciones que han dejado de cumplir su labor.

Miles y miles de estudiantes entran cada año, y miles de parados salen. Y mientras tanto, las familias han perdido una media de tres mil euros por curso, y el Estado (éste sí que somos todos) el resto del desembolso que cuesta cada plaza y que va a los bolsillos de unos pocos, porque desde luego no se invierte donde debiere.

¡Que le jodan a la Universidad!

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Discutir

Algo que me preocupa sobremanera y que no logro comprender. Es el pánico a la discusión. El usar el verbo discutir como si en él tuviese cabida un significado peyorativo del mismo. Me han dicho innumerables veces: “aquí estamos para debatir, no para discutir”. Yo siempre he respondido lo mismo: “para mí no existe diferencia entre discutir y debatir”. Así lo entendía y sentía yo, pues no se en que elementos basaban su apreciación para llegar a discernir una línea divisoria inexistente entre discutir y debatir.

Pero fíjense, que no ha sido hasta hoy (pues no lo he creído necesario) que he recurrido al DRAE para ver si esta diferenciación, a mi modo de ver absurda, encontraba algún sustento entre nuestros principales referentes académicos. Pues bien, en cuanto a la voz discutir el DRAE dice lo siguiente:

1. tr. Dicho de dos o más personas: Examinar atenta y particularmente una materia.
2. tr. Contender y alegar razones contra el parecer de alguien.

Lo que creo que viene a entenderse como el debate de toda la vida. Pero es que mi sorpresa no es esta, sino que cuando voy a la voz debatir dice lo siguiente:

1. tr. Altercar, contender, discutir, disputar sobre algo.

2. tr. Combatir, guerrear.

Vemos que en su primera acepción no hace otra cosa que reafirmar lo que yo creía que era correcto, que debatir y discutir son sinónimos. Pero en cambio, es en este verbo, donde vemos que en su segunda acepción si existe un significado más beligerante del mismo. Nadie a día de hoy se le ocurriría decir que debatir es un acto beligerante.

¿Por qué entonces me he encontrado con numerosas personas que en medio de un debate han decidido acusarme de discutir en lugar de debatir?. En mis experiencias creo que lo han utilizado siempre como un instrumento de distracción, de menoscabo de la valía del interlocutor, cuando no encontraban manera posible de rebatir las afirmaciones realizadas.

En esta sociedad cada vez menos dada al intercambio de ideas, el que no te den la razón (cuando en la mayoría de las ocasiones, por falta de prudencia, nunca se tuvo) se interpreta como un gran agravio, como una verdadera ofensa, en vez de como lo que es: el hecho de que otra persona te está ayudando a ver aquello que hasta ahora, por las circunstancias, no habías sido capaz de observar.

Y es que el intercambio de ideas no ha de ser monótono, sino realizarse con vehemencia. Un debate debe ser también atractivo al espectador. Éste ha de percibir que los que defienden algo lo defienden porque de verdad creen en ello, y no han de tener un medidor de decibelios al lado para ver quien pierde el debate por subir demasiado el volumen. Siempre, claro está, desde el respeto.

Y aquí entramos en la siguiente cuestión que me planteo: ¿cuándo debemos entender que se pierde el respeto por los demás?

Si insultamos a alguien sabemos por supuesto que es una falta de respeto, pero si somos sinceros con nuestras palabras dejando en evidencia la posición de otra persona, sin edulcorantes, ¿estamos siendo irrespetuosos?. No lo creo así, sino más bien al contrario. En cambio si me parece una falta de respeto llevar cualquier discusión o debate al ámbito personal. más allá de que lo que sea objeto de debate, por ejemplo, sea el trabajo realizado por una persona.

A mí me encanta discutir. Generalmente lo hago con vehemencia, y sobre todo intento ser prudente en mis afirmaciones pues para ser vehemente tengo que estar seguro de que aquello que digo es cierto o tengo mis razones para creer que lo es. Y siempre lo hago desde el respeto.

Lo que no estoy dispuesto a aceptar es que nadie tenga la desfachatez de volver a decirme que discutir debiera ser un comportamiento a evitar. Siempre hay lugar para una magnífica discusión, y aquellas personas que se sientan libres de discutir y expresar sinceramente sus pensamientos, suelen ser en las que más fácil me resulta depositar mi confianza. ¡Y cuántas veces no he estado de acuerdo en ninguna de las afirmaciones de las otras personas!, pero su valía para defenderlas es más que suficiente para tenerlas en gran estima.

Pues de ellas he aprendido muchas cosas que antes creía falsas, y me he dado cuenta de cuántas falacias tenía por ciertas.

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Jóvenes

Hace un par de meses he vuelto a mi pueblo natal. Indefinidamente. A casa de mis padres, sí. ¡Que estoy perfectamente, eh!. Pero, ¿no es sorprendente que un joven de veinticinco años tenga que seguir viviendo en casa de sus padres? Pues no.

Pero que no sea sorprendente no significa que sea normal. Ni que debamos aceptar estas circunstancias sin indignarnos. Éstas son las cosas que de verdad debieran desatar nuestra furia, nuestra enérgica respuesta; pues a nosotros, los jóvenes, nos tocará vivir en este país durante unos sesenta años más. ¿Y qué hacemos? Mirar con amargura pero también con pasividad como aquellos a los que apenas les restan treinta años de vida toman las decisiones que debiéramos estar tomando nosotros y nos destrozan el futuro. Ese país que nos comeremos con cuarenta años y donde todo el pescado estará ya vendido, se está construyendo ahora. Mejor dicho, se está destruyendo ahora, si nosotros no paramos este despropósito.

Evidentemente (aunque igual para algunos no es tan evidente) cuando hablo de furia y enérgica respuesta, no estoy hablando de violencia. Pues es el temperamento natural de los jóvenes y las desafortunadas actuaciones que de él se puedan derivar lo que usarán nuestros mayores para desacreditarnos, para decirnos que no somos suficientemente maduros para decidir que será de nuestro país. Nuestro que no suyo, pues ellos habrán pasado a mejor vida.

Hablo del simple hecho de mostrar interés por lo que sucede a nuestro alrededor, de querer ser una persona formada e informada, de querer participar de lo que nos rodea, de denunciar esas injusticias diarias que nos frustran y que consideramos que no debieran repetirse día sí, día también. En resumen, hablo de ser ciudadanos, de ser políticos, y no de vivir en sociedad como si fuésemos meros individuos o peor, parte del paisaje.

No hay nada que despierte más mi ira que la pasividad ante la realidad. Cuando pensamos que la política no va con nosotros, cuando creemos que todo lo que nos influirá para bien o para mal se encuentra circunscrito a nuestro grupo de amigos, y en el ámbito institucional, a nuestro municipio. Cuando oigo: “Para qué votar, si todos son iguales”, “Si todos roban, yo no voy a ser menos”, “Tonto el último”. Esta carrera hacia la autodestrucción que te hace perder la fe en tus iguales.

Pero como no suelo ser una persona pesimista, he de hablar también de la contrapartida. De esas personas que conoces y te reconcilian contigo mismo y con el mundo. De esas personas que te sorprenden por sus sueños, por su determinación y su pasión para conseguir cumplirlos, su bondad y honradez, sus ideas, su entusiasmo al querer hacerte partícipe de sus ideas, su tolerancia cuando las tuyas son diferentes, Son esas personas que saben donde están, que saben que lo que sucede a su alrededor no les es inocuo. Que luchan para que sea mejor, y que saben que para luchar es mejor estar unidos. Lucharán a su manera. Unos forman parte de asociaciones, otros son voluntarios, otros se manifiestan, otros deciden formar parte de un partido político con el que se identifican, otros deciden o decidirán formar su propio partido político. Otros simplemente se preocupan de que la vida de sus iguales sea lo más agradable posible mientras están con él, que se preocupan por sonreír, por ser amables, por arrimar el hombro cuando es necesario.

Y cuando conozco a una de estas personas es cuando realmente lo veo todo claro. Veo que son ellos, somos nosotros, los que construiremos nuestro futuro, los que sabemos lo que queremos y nos proponemos conseguirlo. Y seremos nosotros los que en un futuro nos comamos nuestro orgullo y cedamos ante nuestros hijos para que ellos decidan; pues otra vez serán los jóvenes los que deban decidir su futuro. Los apoyaremos y les prestaremos nuestras experiencias y nuestros conocimientos si así lo solicitan, pero en última instancia comprenderemos que ya no nos corresponde a nosotros construir. Y cederemos agradecidos, pues estaremos construyendo hasta entonces.

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