Después de un año en el extranjero, vuelvo a mi país y a mi tierra.
Ha sido un año muy largo. Divertido, diferente, único, entrañable, revelador, tolerante, relevante, optimista, nacional, internacional, nocturno, festivo, alcohólico, universitario, callejero, caluroso, mundial, campeón, italiano, siciliano, exótico, singular, abierto, ilustrativo, experimental… Son algunos de las palabras que utilizaría para describirlo, y sólo sería el principio.
Vuelvo con ganas, pero también con nostalgia. Me recorro ese tramo de autovía que une Palermo con Trapani. Nada más salir de Palermo dejo a un lado Sferracavallo, de donde era nuestro mítico y excéntrico amigo Giuseppe. Pienso en él, en los ocho meses que habían pasado desde la última vez que lo vi… ¿Terminaría en el monasterio donde lo querían internar sus padres cuando se enteraron de que fumaba?, ¿sabrían sus padres lo que fumaba realmente?, ¿sabrían que hacía cosas peores que fumar?. ¡Qué personaje este Giuseppe!. Más adelante veo a mano derecha el aeropuerto de Punta Raisi. Aeropuerto denominado oficialmente, si no me equivoco y aunque duela, Aeroporto di Falcone e Borsellino. Yo en realidad me voy al Birgi Airport, el aeropuerto de Trapani, donde opera Ryanair.
Hace calor, mucho calor, a pesar de que estamos ya en octubre. Que ganas de bajarme en Santiago y que se me hielen las orejas. De soltar una bocanada de aire caliente y que se transforme en vapor delante mía. Es la prueba irrefutable de que has llegado a Galicia. Nunca me ha gustado el calor. No sé porqué siempre termino yendo más al sur. Tengo ganas de llegar a Galicia también para ver a la familia, a los amigos. Para empezar ya ese futuro próximo que tengo tan programado. Soy un impaciente en este aspecto. Aún bien no ha terminado una etapa de mi vida y ya estoy deseando que empiece la siguiente. Ahora mismo tengo en mente conseguir el trabajo ese de dependiente para el que me han llamado, convalidar todas esas asignaturas que me traigo del Erasmus, terminar la carrera en un año, presentar proyecto, y empezar la siguiente etapa. Me voy para un piso con un par de amigos, así que será perfecto. Cerca de la Universidad, para centrarme en estudiar, y con un ambiente cómodo en casa.
Llego al aeropuerto de Trapani, y después de unos minutos esperando me llaman por teléfono. Son unos chicos sicilianos que empiezan su Erasmus en A Coruña, y que a raíz de una amiga en común, hemos quedado para que les eche una mano en sus primeros pasos por España. Yo termino mi Erasmus y ellos lo empiezan. Sólo siento envidia. “Pronto?”, “Ciao Edoardo, sono Piero, l’amico di Valentina, ti ricordi?, abbiamo parlato su Facebook”. Claro que me acuerdo, habíamos hablado ayer. Luego me daría cuenta de que era un poco pesado, le gustaba hablar demasiado. Sobre todo en un viaje en el que yo no deseaba hablar ni escuchar hablar a nadie. “Dove sei?”, me dice. Levanto la vista y veo a un tío con el móvil en la oreja mirando para todos lados. Con él, dos chicos más. Uno, con aires de autosuficiencia, siente vergüenza ajena por los gritos y gestos de su amigo. Éste debe ser Domenico. El otro, muy interesado, presta atención al transcurso de la llamada, no vaya a ser que el español éste haya decidido dejarlos tirados. Éste debe ser con el que yo todavía no había hablado. Le digo que estoy en donde estoy, lo dejo buscar un rato, después de la tercera vez que mira hacia mí levanto la mano para que se de cuenta de que soy yo con el que está hablando por teléfono. Vienen los tres. Se presentan, me presento. El tercero se llama Andrea. De entrada me parece el pardillo del grupo, quizás una imagen forzada por la actuación de los otros dos.
Piero, el pesimista. Todo le preocupa. ¿Y si se cae el avión?, ¿y si no llegamos al vuelo que sale de Madrid hasta Santiago?, llegamos a Santiago a las 23:00, ¿habrá manera de viajar directamente a A Coruña a esas horas?. ¿Y si mañana no podemos ir a la Universidad a arreglar los papeles, tendremos que volvernos a Italia?. Le digo que no se preocupe. Me dice que no se preocupa hombre, pero que bueno, estas cosas hay que pensar en ellas.
Domenico, el presuntuoso. “Dai, Piero, ferma zitto. Senti Edoardo, ho guardato qualche hotel per andare a vedere la partita del Real, forse mi puoi aiutare.” Yo no he pisado Madrid en mi vida, bueno una vez de pequeño. No entiende que no tengo ni puta idea de donde se sitúan los hoteles, que si es fácil llegar al estadio desde ellos, que si donde son las zonas de marcha y que lo que puedo averiguar a través de Google Maps es exactamente lo mismo que puede averiguar él. Pero bueno, éste esta preparando el viaje para dentro de dos meses. Al menos no está desesperado por lo que pasará en las próximas veinticuatro horas como su amigo. Lo único que le preocupa de estas próximas veinticuatro horas son las españolas, que le han dicho que son “calientessss”.
Andrea, el coherente. De entrada el que parecía el más pardillo, empieza a verse un poco más natural, sin el avasallamiento de los otros dos. Me pregunta alguna cosa de aquí, alguna cosa de allá. Qué si las asignaturas son fáciles. Le digo que si espera tirarse el rollo “soy Erasmus, no hablo español” en España con los profesores, va más que jodido. Que empiece a estudiar ya. Pobre. Pero bueno al menos no me atosiga, va soltando preguntas a cuentagotas, porque en realidad se muere de curiosidad, pero es evidente que ha entendido que no me apetece hablar en absoluto.
Total que nos subimos al avión. A mi lado se sienta Andrea. Me hace un par de preguntas más y después me dice que me deja dormir, que se nota que estoy muy cansado. Me quedo dormido, pues la noche anterior estaba despidiéndome de Palermo. Nos bajamos en Barajas. Vamos al restaurante que está al lado de las ventanillas de facturación de Ryanair. Me pido una hamburguesa. Un escándalo el precio, y mucho más escandalosa la relación calidad/precio. Pero tengo mucho hambre. El pesimista prueba su hamburguesa y se echa las manos a la cabeza. ¿Toda la comida es así en España? Menuda mierda de comida. Esperemos que sólo sea en Madrid, ¿porque es sólo en Madrid verdad? ¿en A Coruña se come mejor verdad?. Le digo que evidentemente en Galicia se come mejor, y que también en Madrid se come mejor, pero que lo que se está comiendo él es una puta hamburguesa de aeropuerto. Su amigo Domenico le insiste en que es comida de aeropuerto. Piero no se queda muy convencido, pero se calla por un rato. Luego dice que esa hamburguesa es una mierda y que el pasa de comérsela. Me la como yo, pues anda que no vengo con hambre, entre el cansancio y la resaca. El Andrea, a todo esto callado, se come su hamburguesa sin rechistar, y pasando de sus colegas. Se ve que los conoce de largo. Domenico me habla otra vez de su viaje a Madrid a ver al “Real”, y se interesa de nuevo sobre la calentura de las españolas. Pero que cansino. Facturamos para Santiago. Al menos para esto venían preparados, no tuvieron que hacer demasiados malabarismos con las maletas para no superar los límites de peso del equipaje. Nos subimos al avión, y en una hora llegamos a Santiago.
Salimos del avión. “Minchia che freddo! è sempre così a Galizia? A Coruña fa anche questo freddo? Minchia e piove! Ma piove sempre qua?”. Sí amigo sí, llueve siempre. Hago lo de soltar la bocanada de aire. Corroboro que estamos en Galicia. De hecho lo corroboro yo, las tres personas que llevo por delante, las tres que llevo por detrás, y alguno comenta en alto “joder, sale humo cuando hablo, por fin en Santiago”. Alguno seguro que estaba pensando aquello de “mira mira, parece que estoy fumando”. Vale, era yo el que lo pensaba, pero no lo he dicho, así que nada que reprochar. Recogemos el equipaje, llamo a mi padre y me dice que está llegando. Les acompaño a la parada de taxis. Les digo que porque no hacen noche en Santiago y se cogen el primer tren de la mañana para A Coruña. Prefieren cogerse un taxi hasta a A Coruña, unos 95€. Me piden que regatee con el taxista. Le digo al taxista que quieren ir por 80€. Al taxista le da la risa y me dice que el precio es ese y punto. Les explico la decisión del taxista y que aquí el regatear se conserva casi únicamente en la lonja. En eso llega mi padre, me despido de ellos y me voy hacia él. Le doy un abrazo, cargamos las maletas en el coche, y nos vamos hasta mi pueblo. Mi pueblo es hacia el sur, por eso no me ofrecí a llevar a mis nuevos colegas italianos, que iban hacia el norte. Me pregunta por el viaje. Le digo que todo bien. En realidad el reencuentro no es muy emotivo, porque hacía dos o tres semanas había pasado unas pequeñas vacaciones de verano en casa.
En una horita nos plantamos en casa. Abrimos la puerta y la primera que llega a saludarme es la perra de mis padres. Se llama Maya. Y como siempre, se mea de alegría cada vez que me ve entrar por esa puerta. Se mea literalmente. La siguiente en aparecer es mi madre, con la fregona en la mano, limpiando las literales meadas de la perra, para que no las extendamos por el resto de la casa. Seguidamente viene mi hermana pequeña para contarme que ha probado tal juego, o que ha leido tal comic, o que ha ido a tal sitio, y que tengo que probarlo, leerlo e ir yo. A ella mi viaje se la trae muy floja. Le digo que su voz chirriante me molesta. Me manda a la mierda. Eso sí que no se la trae tan floja.
Ya he llegado, y ya no volveré a Palermo por mucho tiempo. Pero que coño, me voy a pegar unos días en casa de mis padres comiendo a cuerpo de rey.
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